27 noviembre, 2012

El tiempo interno


En los tiempos que corren, nos corren o tal vez nos corroen, la crianza de nuestros hijos adquiere una vertiginosidad asombrosa.

Lo cierto, es que el tiempo y espacio efectivo para ser dedicado a los niños es acotado si ambos padres trabajan (esto es una realidad en la mayoría de los casos) y el espacio mental a veces puede estar lleno de preocupaciones diversas.  Con lo cual es esperable que, por lo menos, aquel resto con el que llegamos sea de buena calidad, si es que este finalmente no esta también contaminado por el cansancio y agotamiento de los padres. 

A estas verdades se suma que a veces el ritmo propio de cada bebé o niño es perturbado en función de x consigna sobre lo que debería hacer mas rápidamente o no. Como me comenta una amiga, se escucha muchas veces decir a algunas madres: cómo ha crecido Fulanita/o!!! Sin ser concientes que ellas mismas han sido quienes las/os han impulsado a convertirse en adulto-niño/a demasiado pronto.

La pregunta principal que emerge es por qué? Qué les urge interiormente a esas madres o a esos padres?  La dificultad de esperar los tiempos de los ninos? ansiedad propia que no es registrada?

Una respuesta de tipo sociólogica a estos interrogantes podría encontrarse en una indagación acerca de cómo han sido considerados los niños a lo largo de la historia y en qué lugar se encuentran hoy, tema sobre el que voy a escribir en otro post.

Ahora la gran cuestión: cómo dilucidar si se trata sólo de una realidad que nos constriñe (la de la vida laboral) o si somos nosotros quienes, además, no generamos un espacio de calma, de desaceleración, de olvido de las cosas del mundo? Existen algunas preguntas que podria hacerse cada uno al que le interese verdaderamente la crianza:  existe alguna posibilidad de reorganizar algún aspecto de mi vida, de modo que pueda brindar una calidad de crianza mejor? Necesito mas espacio propio para descansar y despejarme? 

Creo que el solo hecho de plantearse la pregunta, abre lugar a la imaginación y creación de “posibles”.

23 noviembre, 2012

El justo medio


En la jungla de nosotros, los padres primerizos, están los que se cuestionan todo lo que hacen a cada paso y revisan incesamente las últimas notas acerca de cómo hacerlo en tal o cual cuestión y en el polo extremo, están aquellos que prefieren ponerle una cinta de embalaje a la realidad y a la reflexión. 

Como Aristóteles decía en su Etica Nicomaquea, el orden de la ética es el justo medio, ni por exceso ni por defecto.  Pero al menos los primeros están más cerca de la posibilidad de pensar que las cosas pueden ser de otra forma en que se  piensan y que se pueden cometer errores en todo este arte de la crianza.  Están más próximos de ser plenamente responsables en su más hondo sentido existencial.  

Es importante la conciencia sobre las marcas que uno puede dejar en un niño, es más importante aún poder reflexionar o trabajar sobre uno mismo acerca de esas grietas que todos y repito con contundencia "todos" tenemos y que tal vez trasladaremos, pero no es lo mismo obsesionarse con esto y quedar enquistado en la autocrítica.  

Demasiada autocrítica no conduce.

Demasiada autocrítica, autoobservación, racionalización, impide esa cuota de levedad (no liviandad) necesaria para andar un trayecto. Es agregar peso al peso que ya llevamos de por si, a causa de semejante responsabilidad. Es perder todo indicio.  Aclaro la diferencia entre levedad y liviandad, la liviandad exime de responsabilidad, es no tomarse el tema en serio.

Por supuesto que todo esto que estoy diciendo puede sonar muy bonito pero realmente les concedo que es difícil de llevar a cabo.  Tanto unos como otros están movidos por el miedo, aunque éste se manifieste de formas tan opuestas.  Alguien a quien a su hijo “no le pasa nada” no tiene otro temor que enfrentarse a la labilidad humana.  Alguien a quien a su hijo le puede pasar todo por culpa de él o ella, no tiene otro temor que el de saberse falible.

Ni lo uno ni lo otro. Aprender a encontrarse humano, a quererse humano, a saber que las marcas son inevitables pero a contar con que algo se puede hacer antes de dejarlas, se pueden atenuarlas.

A todos, absolutamente a todos, nos espera un camino hecho de dichas y desdichas, de aciertos y errores.  Quizas en nuestras fantasías alberguemos la añoranza de lo puro, lo perfecto, lo correcto.  Restos de nuestro Narciso dorado.