En la jungla de nosotros, los padres primerizos,
están los que se cuestionan todo lo que hacen a cada paso y revisan incesamente
las últimas notas acerca de cómo hacerlo en tal o cual cuestión y en el polo
extremo, están aquellos que prefieren ponerle una cinta de embalaje a la
realidad y a la reflexión.
Como Aristóteles decía en su Etica Nicomaquea, el orden de la ética es el justo medio, ni por exceso ni por defecto. Pero al menos los primeros están más cerca de la posibilidad de pensar que las cosas pueden ser de otra forma en que se piensan y que se pueden cometer errores en todo este arte de la crianza. Están más próximos de ser plenamente responsables en su más hondo sentido existencial.
Es importante la conciencia sobre las marcas que uno puede dejar en un niño, es más importante aún poder reflexionar o trabajar sobre uno mismo acerca de esas grietas que todos y repito con contundencia "todos" tenemos y que tal vez trasladaremos, pero no es lo mismo obsesionarse con esto y quedar enquistado en la autocrítica.
Demasiada autocrítica no conduce.
Demasiada autocrítica, autoobservación, racionalización, impide esa cuota de levedad (no liviandad) necesaria para andar un trayecto. Es agregar peso al peso que ya llevamos de por si, a causa de semejante responsabilidad. Es perder todo indicio. Aclaro la diferencia entre levedad y liviandad, la liviandad exime de responsabilidad, es no tomarse el tema en serio.
Como Aristóteles decía en su Etica Nicomaquea, el orden de la ética es el justo medio, ni por exceso ni por defecto. Pero al menos los primeros están más cerca de la posibilidad de pensar que las cosas pueden ser de otra forma en que se piensan y que se pueden cometer errores en todo este arte de la crianza. Están más próximos de ser plenamente responsables en su más hondo sentido existencial.
Es importante la conciencia sobre las marcas que uno puede dejar en un niño, es más importante aún poder reflexionar o trabajar sobre uno mismo acerca de esas grietas que todos y repito con contundencia "todos" tenemos y que tal vez trasladaremos, pero no es lo mismo obsesionarse con esto y quedar enquistado en la autocrítica.
Demasiada autocrítica no conduce.
Demasiada autocrítica, autoobservación, racionalización, impide esa cuota de levedad (no liviandad) necesaria para andar un trayecto. Es agregar peso al peso que ya llevamos de por si, a causa de semejante responsabilidad. Es perder todo indicio. Aclaro la diferencia entre levedad y liviandad, la liviandad exime de responsabilidad, es no tomarse el tema en serio.
Por supuesto que todo esto que estoy diciendo puede sonar muy bonito pero realmente les concedo que es difícil de llevar a cabo. Tanto
unos como otros están movidos por el miedo, aunque éste se manifieste de formas tan opuestas. Alguien a quien a su hijo “no le pasa nada”
no tiene otro temor que enfrentarse a la labilidad humana. Alguien a quien a su hijo le puede pasar todo
por culpa de él o ella, no tiene otro temor que el de saberse falible.
Ni lo uno ni lo otro. Aprender a encontrarse humano, a quererse humano, a saber que las marcas son inevitables pero a contar
con que algo se puede hacer antes de dejarlas, se pueden atenuarlas.
A todos, absolutamente a todos, nos espera un camino hecho de dichas y desdichas, de aciertos y errores. Quizas en nuestras fantasías alberguemos la añoranza de lo puro, lo perfecto, lo correcto. Restos de nuestro Narciso dorado.
A todos, absolutamente a todos, nos espera un camino hecho de dichas y desdichas, de aciertos y errores. Quizas en nuestras fantasías alberguemos la añoranza de lo puro, lo perfecto, lo correcto. Restos de nuestro Narciso dorado.
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